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Los cuentos
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La cruel hechichera o sea el origen de la
manioca
Ñasaindí era una chica esbelta, graciosa y muy
bonita, sus ojos negros y grandes miraban siempre con temor.
Tenía los cabellos lacios adornados con flores preciosos.
Cubría su cuerpo con un tipoy tejido con fibras de agave,
ajustado con una faja vistosos colores.
Sus pies descalzos parecían no tocar la tierra al caminar:
tan suave y liviana era. Con el propósito de recoger
tiernos cogollos de palmera, venía desde muy lejos,
trayendo una cesta fabricada con tacuarembó.
Muy dispuesta llegó al lugar donde crecían con
profusión los pindós, confiada en que sola
podría alcanzar los ansiados cogollos; pero al verlos tan
altos comprendió que le iba a ser imposible realizar la
tarea.
Trató de llegar, subiendo por el tallo, pero se vio
obligada a desistir. Un poco decepcionada, miró desde
abajo el penacho verde de las palmeras tratando de hallar un
medio que le permitiera conseguir los cogollos buscados.
Ya desistía de su intento, cuando vio a un muchacho medio
oculto por una cascada de isipós y de helechos. Sus manos
recias empuñaban el arco y la flecha. Sus ojos miraban con
atención hacia un lugar cercano.
Dirigió Ñasaindí su vista hacia el mismo
sitio y pudo divisar a la víctima a la que estaba
destinada la flecha del desconocido: era un hermoso
maracaná que, tranquilamente posado en la rama de un
ñandubay, estaba completamente ajeno a su próximo
fin. Sintió la chica una pena grande por el
espléndido animal, cuyo intenso y brillante colorido era
una nota de alegría y de luz entre los verdes del bosque,
y sin darse cuenta dio un grito que desvió la
atención del cazador hacia el lugar de donde él
había partido. El maracaná, puesto sobre aviso, con
vuelo un tanto pesado, se internó en la espesura.
Salió el cazador de su escondite y ante la presencia de la
chica quedó atónito, mirándola. Su belleza y
su expresión lo hechizaron, haciéndole olvidar la
pieza de caza que perdiera por su culpa.
-¡Ma-era! -sólo atinó a decirle.
Bajó la vista la muchacha, temerosa de merecer el
reproche del cazador, cuando oyó que continuaba con su
suave acento:
-¿Quién eres?
-Ñasaindí... -respondió apenas la
niña.
-¿De dónde vienes?
-De la tribu del jefe Sagua-á...
-¿A qué has venido a los dominios de mi padre,
Ñasaindí?
Miró la niña los penachos de las palmeras que la
brisa convertía en grandes abanicos y el muchacho,
adivinando la intención de la mirada,
preguntó:
-¿Querías alcanzar cogollos de palmera?
-Sì... -respondió a media voz la
niña.
-Y... no alcanzas... -agregó intencionado el joven con
expresión risueña.
-No... ¿Tú me ayudarás? -preguntó
esperanzada, levantando hacia él los ojos.
-Puede ser... -respondióle el muchacho divertido.
Al tiempo que así decía, dejando en
el suelo el arco y la flecha que aún conservaba en la
mano, trepó al tallo de una de las palmeras y con
movimientos rápidos de sus piernas ágiles
acostumbradas a esos ejercicios, pronto llegó al lugar
donde los cogollos tiernos se ofrecían generosos y
frescos. Desde arriba se los ajorraba a Ñasaindí
que, plena de dicha, no dejaba de reír. En pocos minutos
la cesta estuvo llena. El rostro de la joven reflejaba un gran
placer. Gracias al servicial desconocido, su viaje no
había sido infructuoso.
Cuando el muchacho estuvo nuevamente a su lado, los ojos de
Ñasaindí brillaban de alegría y de
agradecimiento... Agradeció la niña con una sonrisa
e intentó emprender el camino de regreso, pues la noche no
tardaría en llegar. El sol comenzaba a hundirse en el
ocaso. El muchacho detuvo su intención,
preguntándole:
-¿Tienes tanto apuro por irte? ¿Dónde queda
tu casa?
-Debo cruzar el río...
-¿Sola? -Sola vine y sola debo volver. Hace tiempo, ya
varias lunas, que los hijos de la mujer que me crió
partieron hacia el norte con otros cuimba-é y tardan en
volver. Ella me envió... Yo no tengo padres... Murieron en
manos de los cambá, cuando yo era pequeña...
-¿Y cómo cruzaste el río? -En una
pequeña canoa que dejé amarrada en la orillla.
-Pero tú eres muy joven para atreverte a andar sola por
estos lugares... -Me mandaron y tuve que obedecer. -¿No
eres miedosa, Ñasaindí?
-¡Claro que lo soy! Muchas veces siento un miedo muy
grande; pero debo cumplir lo que me ordenan. A nadie tengo que me
pueda defender -agregó la chica con su vocecita triste y
los ojos brillantes de lágrimas. -Desde este momento, y si
tú quieres, seré yo quien te sirva de amparo y de
guía.
¿Aceptas,? -le ofreció el muchacho firme y
decidido. -Ñasaindí lo miró. La
alegría que le causó el ofrecimiento se
transparentó en su dulce mirar y en su sonrisa agradecida,
cuando respondió:
-¡Oh, ya lo creo! ¡Muchas gracias!
-¡Seremos amigos, Ñasaindí!
-Bueno... pero no me has dicho tu nombre, ni quién eres...
¿cómo podría encontrarte?
-Tienes razón! Soy Catupirí. Mi padre es el cacique
Marangatú.¿Sabes ahora a quién debes buscar?
-terminó riendo.
-Sì, Catupirí.
Después Ñasaindí, con su cesta llena de
cogollos de pindó, inició la marcha hacia la costa
dispuesta a volver a su roga. La detuvo aún
Catupirí. Tenía muy buen corazón y la
niña le inspiraba una gran ternura. El bondadoso muchacho
era el menor de los hijos del cacique Marangatú, poderoso
y respetado en mucha distancia alrededor de sus posesiones.
Desde pequeño, Catupirí había sido preparado
en las artes de la guerra por un diestro guerrero de la tribu;
pero su madre, que no lo descuidaba jamás, conservó
su corazón tierno y su alma pura como cuando era
pequeño y le pertenecía por entero. Su bondad era
reflejo del tierno corazón de ella. En ese momento,
Catupirí recordó a su madre. Recordó su gran
bondad y el cariño que por él sentía y
pensó llevar a Ñasaindí consigo, pues se
había enamorado de ella y deseaba hacerla su esposa.
Se detuvo un instante pensando en su padre. Él no
vería con buenos ojos que su hijo llevara a la tribu a una
extranjera, a una desconocida, y menos aún con la
intención de casarse con ella. Pensó un instante, y
decidió: la llevaría; pero al principio, por lo
menos, la ocultaría a los ojos de su padre. Se la
confiaría a su madre. Estaba seguro de que ella
sabría comprender y sin duda llegaría a sentir gran
cariño por la joven desamparada, al verla tan buena, tan
inocente y tan hermosa... Sin pensarlo más se lo
propuso:
-¿Quieres venir a nuestra tribu, Ñasaindí?
Mi madre te recibirá como a una hija y te brindará
el cariño que hasta ahora te ha faltado.
¿Aceptas?
Llenos de agradecidas lágrimas los ojos,
Ñasaindí preguntó con palabras entrecortadas
por la emoción:
-¡Oh, Catupirí! ¿Es verdad lo que me
propones? ¿Tu madre me querrá?
-Sin duda... ¡Puedo asegurártelo! Hay tanta bondad
en tu mirar dulce y tanta ternura en tu voz suave, que mi madre
se sentirá atraída por ti y serás para ella
la hija que no tiene. ¡Ven, vamos!
Tomaron los dos jóvenes el camino que conducía a la
toldería y riendo y conversando, llegaron al lugar donde
se levantaban los toldos de los súbditos del gran
Marangatú. Atardecía. El cielo, con los más
bellos rojos y dorados, parecía sumergirse en las
tranquilas aguas del río. Los pájaros retornaban a
sus nidos y la flor del irupé cerraba sus pétalos
ocultando sus galas hasta que, al día siguiente, el sol,
al alcanzarla con uno de sus rayos, volviera a despertarla. La
paz y la tranquilidad reinaban sobre la tierra. Catupirí,
ocultando a su compañera, fue hasta su toldo donde la
dejó para ir a dar la noticia a su madre. Nadie los
había visto llegar, de modo que le sería muy
fácil ocultarla hasta que pudiera convencer a su padre.
Pero Catupirí se equivocaba. Unos ojos que brillaban con
maldad lo observaban desde muy cerca. Era Cava-Pitá, la
hechicera, que, oculta detrás de un corpulento
zuiñandí, no había perdido detalle de la
llegada de los jóvenes. Sonrió con malicia la
mujer, y guiada por su espíritu mezquino, se propuso dar
cuenta de lo ocurrido al cacique. No podría hacerlo tan
pronto como deseaba, pues el cacique había salido con sus
guerreros y no volvería hasta la mañana siguiente;
pero entonces, ella lo esperaría con una noticia muy
especial. ¡Y ya vería la extranjera que su vocecita
dulce y sus expresiones inocentes no serían suficientes
para engañar al cacique como lo había hecho con el
hijo!¿Por qué pensaba tan mal la hechicera de una
persona a quien no conocía?
Es que Cava-Pitá era perversa y envidiosa y no toleraba
que se diera preferencia a nadie más que a ella. Al
día siguiente, muy de mañana, llegaron el cacique y
sus acompañantes; toda la tribu los recibió con
júbilo. Habían logrado importantes piezas de caza y
traían también un hermoso venado vivo. Con
paciencia esperó Cava-Pitá que el cacique quedara
solo, y en el momento oportuno se acercó a él, para
referirle, a su manera, la llegada de Ñasaindí a la
tribu. No conforme con esto, y gracias a la confianza que en ella
tenía Marangatú, le fue muy fácil
convencerlo de que la extranjera era una enviada de
Añá, quién se valía de la joven para
provocar la desgracia de la tribu. La sorpresa del cacique pronto
se transformó en profunda indignación. Él no
podía tolerar la intromisión de una desconocida en
sus dominios y mucho menos sabiendo, gracias a los buenos oficios
de la hechicera, que se trataba de una enviada del demonio.
Poseído por una intensa cólera, Marangatú
hizo llamar a su hijo a fin de recriminarle su indigno proceder y
su desobediencia.
Cuando Catupirí estuvo frente a él, lo
increpó duramente:
-¿Puede saberse por qué has traído a la
tribu a una extranjera que nadie conoce y que tú
encontraste por casualidad?
-Ya pensaba explicártelo, padre... -respondió
sorprendido Catupirí. Y agregó desconcertado:
-¿Cómo has llegado a saberlo?
-Eso nada importa. Sólo puedo decirte que todavía
hay quien respeta mis deseos y obedece mis órdenes.
-Yo soy el primero en hacerlo, padre mío, y pruebas te he
dado en mil oportunidades; pero en este caso, deseaba hablar
contigo primero, para explicarte lo sucedido. Sin embargo, hubo
alguien, no sé con qué intención, que se me
adelantó...
-¿Dónde está la intrusa? -preguntó el
padre, violento. -Está en mi toldo, padre, esperando que
la traiga a tu presencia. -Pues ya puedes ir a buscarla. Si con
malas artes se introdujo en mi tribu, bien pronto haré que
la abandone. Catupirí quedó confundido. Su padre
creía que, valiéndose de quién sabe
qué poderes maléficos, Ñasaindí lo
había obligado a traerla consigo; pero él
sabía que no era así. Su padre, al verla,
podría convencerse de que estaba equivocado. Corrió
en busca de la hermosa doncella y pronto estuvieron ambos frente
al temible Marangatú. Quedó el cacique maravillado
al ver a la joven. Su hermoso rostro y la dulzura de su mirar lo
conquistaron de inmediato. Debía haber una
equivocación. Era imposible que una chica tan inocente,
tan dulce y tan tímida, tuviera las malvadas intenciones
que le atribuía Cava-Pitá. Conversó el jefe
con Ñasaindí. Le contó la muchacha su
niñez triste y sin afectos y su alegría al
encontrar en el buen Catupirí que deseaba hacerla su
esposa, el cariño y el apoyo que le faltaron siempre.
Comprendió el gran Marangatú el noble sentimiento
que acercaba a los jóvenes y dio su consentimiento para
que unieran sus destinos como era el deseo y la voluntad de
ambos. Y Ñasaindí fue la esposa de Catupirí,
el muchacho de corazón generoso y noble que la
encontró un día en el bosque...
La maldad y la envidia de Cava-Pitá se
acrecentaron al comprobar que su intervención había
sido inútil y que, en cambio, los dos jóvenes
habían llegado a realizar su deseo... A pesar de todo, no
se desanimó la hechicera, proponiéndose por
cualquier medio, conseguir que la extranjera fuera arrojada de la
tribu. ¡Ya llegaría el momento en que se cumpliera
su venganza! ¡Ella sabría esperar! Pasó el
tiempo. La felicidad de Ñasaindí y de
Catupirí era cada día mayor. Ningún mal
había alcanzado a la tribu y todos habían olvidado
por completo los vaticinios de la malvada Cava-Pitá. Un
niño, hijo de ambos jóvenes, llegó para
hacer más grande y efectiva la dicha de que gozaban. El
pequeño Chirirí era dulce y bueno como su padre y
tenaz como su padre. Cuando tuvo edad de tener amigos, todos los
niños de la tribu lo fueron de él y diariamente se
los veía jugando en el bosque o en la costa del
río, donde sentían gran placer en reunirse. El
cacique, orgulloso de su nieto, le había regalado un arco
y una flecha hechos expresamente para él, y entre los
momentos más felices de su vida se contaban aquellos en
que salía con el niño a ejercitarlo en el manejo de
dichas armas. Todos vivían contentos en la tribu. Ya nadie
consideraba a Ñasaindí como una extranjera a la que
se debía despreciar, sino que, por el contrario, la joven,
gracias a su bondad, se había granjeado la simpatía
y el afecto de todos.
La única que conservaba el odio que por ella había
sentido desde un principio era Cava-Pitá, para quien la
idea de venganza se afianzaba a medida que pasaba el tiempo, y
que no abandonaría hasta ver a Ñasaindí
arrojada de la aldea como se lo propusiera desde un principio.
Tenía que convencer a la tribu de que la esposa de
Catupirí bajo ese aspecto dulce y tierno encubría a
una malvada enviada de Añá para hacer mal a la
tribu y que sólo esperaba el momento oportuno para cumplir
los mandatos del demonio. Para convencerlos, decidió
ensayar una nueva acusación. Usando de sus sentimientos
mezquinos y perversos divulgó la noticia de que el
pequeño Chirirí se hallaba poseído por un
mal espíritu, por el cual todos los niños que lo
acompañaban en sus juegos estaban condenados a morir
infaliblemente después de un corto tiempo. La noticia
corrió por la tribu con la velocidad del rayo y todas las
madres, temerosas del trágico fin que podrían tener
sus hijos, los retuvieron con ellas prohibiéndoles que se
acercaran al pequeño Chirirí.
Sin embargo, esto no fue suficiente para la hechicera, ya que
ella había querido levantar a toda la tribu contra la
inocente Ñasaindí. En esa forma,
considerándola culpable, la hubieran arrojado de la aldea
indígena por temor al maleficio de que estaba
poseída lo mismo que su hijo. Como no consiguiera su
propósito, decidió poner en práctica un plan
diabólico con el que, estaba segura, se cumpliría
con creces su venganza. Preparó un brebaje dulce,
exquisito, al que agregó una pequeña poción
de activísimo veneno. Con zalamerías llamaba a los
pequeños amigos de Chirirí y les daba a tomar el
jarabe mortífero que ellos bebían golosos. Poco les
duraba el placer, porque poco tiempo más tarde
morían entre las más espantosas contorsiones,
envenenados por la infame hechicera. Ignorantes las madres de la
existencia del famoso jarabe, aceptaron como explicación
de la muerte de sus hijos el maleficio del que suponían
estaban poseídos el pequeño Chirirí y su
madre, tal como lo predijera en tantas oportunidades la famosa
Cava-Pitá.
Ya no les cupo la menor duda: la extranjera era una enviada de
Añá, llegada a la comarca para causar la desgracia
de la tribu de Marangatú. Esta vez nadie dudó.
Todos estuvieron en contra de Ñasaindí y de
Catupirí, de quienes decidieron vengarse dando muerte a su
hijito. La hechicera no cabía en sí de gozo.
Había pasado un tiempo muy largo antes de lograr su
propósito, pero por fin consiguió que la tribu
entera odiara a la intrusa. Alentada por el triunfo fue
levantando los ánimos de toldo en toldo, incitando a unos
y a otros a dar muerte al pequeño Chirirí,
único medio para librarse de los designios de
Añá.
En un grupo encabezado por la perversa
Cava-Pitá, blandiendo palos y lanzas, hombres y mujeres se
dirigieron al toldo de Catupirí. Llegaron, y tomando por
la fuerza a los padres de la criatura, los llevaron al bosque
donde los amarraron con fibras de caraguatá al tronco de
un ñandubay para que fueran testigos impotentes de la
muerte de su hijo. La dulce Ñasaindí dejaba
oír desgarradores sollozos, gritando su inocencia y
pidiendo piedad para su pequeño Chirirí, mientras
el valiente Catupirí hacía desesperados esfuerzos
por librarse de las ligaduras. Pero era en vano. Buen cuidado
habían tenido sus verdugos. Mientras tanto,
Cava-Pitá, la cruel y desalmada hechicera, saboreando el
triunfo logrado después de tanto esperar, decidió
ser ella misma quien diera muerte al pequeño, que, atado
de pies y manos, yacía en el suelo, llorando y
esforzándose por dejar sus manecitas en libertad.
Preparó el arco y la flecha envenenada, y cuando se
disponía a arrojarla al niño, que lloraba ante sus
padres desesperados, un ruido espantoso atronó el bosque y
una lengua de fuego bajó desde el cielo, que se
había oscurecido de pronto, y dejó fulminada a la
perversa hechicera, que rodó por el suelo dando un grito
de espanto. Los que presenciaban la escena vieron en esto un
castigo de sus dioses justicieros a la maldad y a la envidia y,
convencidos de su error, desataron a los padres de la criatura
que aún se hallaba en el suelo, a poca distancia de ellos.
Ñasaindí corrió a levantar a su hijito, que
medio desvanecido por el terror casi no podía moverse. Lo
desató y lo abrazó estrechándolo contra su
corazón, mientras las lágrimas corrían por
sus pálidas mejillas. Con las cabezas gachas,
avergonzados, con el paso vacilante, los que creyeron las
calumnias de la perversa hechicera decidieron retornar a sus
toldos, no sin antes dirigir una mirada triste al sitio donde el
pequeño Chirirí estuviera momentos antes echadito
en el suelo esperando la muerte de manos de la falsa y alevosa
Cava-Pitá.
La sorpresa de todos fue muy grande cuando observaron que
crecía en ese mismo lugar una planta nueva, desconocida
hasta entonces. La llamaron mandi-ó y en ella vieron la
justicia de sus dioses buenos que sabían recompensar el
bien y castigaban hasta con la muerte a los que procedían
mal. La mandi-ó, regalo de Tupá a los hombres para
que les sirva de alimento, posee el dulce corazón de
Ñasaindí y de Chirirí, y da, al que la come,
fortaleza y energía, como era fuerte y enérgico el
valiente y esforzado Catupirí.
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