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Los cuentos
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El sapo y el urubú
En un principio, el vanidoso sapo tenía una espalda
lisa y lustroso. Ocurrió que el sapo y el urubú
fueron invitados a una fiesta que se iba a realizar en el cielo
de los animales. Después de hecer sus preparativos, el
urubú fue a burlarse del sapo. Lo encontró entre
los juncos de un charco croando de la manera más melodiosa
posible porque estaba adiestrando la voz.
Se saludaron los animales. El sapo decía que lo
habían invitado por su gran habilidad de cantante. El
urubú dijo que él también estaba invitado,
para que el sapo se dejara de jactancias y se fue convencido de
que el animalito verde era un gran farsante.
Al otro día muy de mañana, el urubú se
alisaba las negras plumas sentado en un arbusto,
preparándose para el viaje, cuando se le acercó el
sapo. El instrumento del urubú, la guitarra, estaba en el
suelo pues la estuvo templando toda la noche. El sapo le dijo que
el se iba ya de camino porque caminaba muy lento; en realidad lo
que hizo fue meterse en la guitarra. Cuando el urubú
levantó el vuelo estaba tan estusiasmado con lo de la
fiesta que no se percató de lo pesado de su guitarra.
Pronto dejó atrás las nubes, la luna y las
estrellas.
Al llegar, los demás animales le preguntaron por el sapo,
a lo que contestó que no creía que fuera posible
que viniera pues el sapo apenas si saltaba como para alcanzar el
cielo.
¿Y cómo que no lo había traído?. Pues
porque no le gustaba cargar piedras, contestó. Dejó
a un lado la guitarra esperando que llegara el momento de la
música.
Entonces el sapo salió de su escondite y apareció
de improviso ante la concurrencia, más hinchado y
orgulloso que de costumbre. Lo recibieron con gran asombro, entre
aplausos y felicitaciones. Mientras, se reían del
urubú.
Entonces
comenzó la fiesta, había comida en cantidad y todos
se llevaban bien. Estaban dedicados al baile, al canto y a la
interpretación de sus intrumentos preferidos pues la
fiesta era para que cada uno se luciera en sus habilidades. Entre
todo este alboroto, el urubú rasgueaba contento su
guitarra y el sapo soltaba sus "do" de pecho. En el momento de
más alegría el sapo aprovechó para
introducirse de nuevo en la guitarra.
Terminó la fiesta y nadie notó su ausencia a la
hora de las despedidas, sólo el urubú, que le
tenía rencor por haberlo puesto en ridículo.
Echó a volar de regreso; estando receloso esta vez noto el
peso de más. Continuó volando hasta distinguir el
suelo, pasó bajo la luna y con esa luz pudo ver al sapo
acurrucado en el fondo.
¡Sal! le gritó el urubú. El sapo rogó
que no le echara. Como el sapo no salía por miedo que lo
arrojara, el urubú sacudió la guitarra hasta que el
animalito salió por los aires moviendo las patas. Iba muy
rápido en la caída pero la distancia era
también mucha, así que el sapo tuvo tiempo de
pensar en que ojalá pudiera caer sobre agua o sobre
arena.
Primero creyó que caería en una laguna pero el
viento lo desvió, luego divisó un prado y
más adelante un frondoso ombú. Pero continuaba
alejándose de estos lugares para dirgirse a unos duros
caminos, unos roquedales, el patio de una casa. Al fin dió
contra unas rocas, de espalda. Cuando despertó pasaron
muchos días para que se recuperara. El golpe había
sido tan fuerte que la espalda le quedó para siempre
manchada y llena de protuberancias.
Esta es la razón por la que el pobre sapo tiene tan fea
presencia. Dicen también que debido al golpe se le
malogró la voz, pero esto no se puede asegurar.
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