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Un arcobaleno

Acuarel

Todos los colores del mundo


Hace mucho tiempo existía un país donde todo era blanco. El cielo era blanco, la nieve era blanca, día y noche también eran blancos. Eran blancos los arboles y las hojas y eran blancas las montañas. Asimismo eran blancos los hombres y blancos eran también todos los animales. Todo y todos eran blancos, pero no de un blanco sucio o un poco rosado sino de un blanco blanquísimo que por tanto blanco nada se reconocía. En medio de todo este blanco vivía Acuarel que también era ... blanco.

Acuarel era un niño alegre con una gran sonrisa. Sin embargo desde hace algún tiempo Acuarel se había puesto triste y meditabundo. Cuanto más crecía, tanto más le parecía difícil vivir en este país todo blanco, en el cual nadie podía ver a los demás. Hasta su mamá le reconocía sólo tocándole la nariz.

Esto no sólo le pasaba a su mamá. Todos los habitantes del país estaban acostumbrados en tocar cualquier cosa o persona encontraran pues solamente así podían reconocerle. De esta manera todos perdían muchísimo tiempo en distinguir una lámpara de una pera, en entender si el reloj marcaba medianoche o mediodía o en reconocer la dirección correcta de la dirección equivocada. Acuarel estaba tan triste y cansado que hasta había dejado de sonreír, ¿qué cambiaba si nadie, ni siquiera su mamá o su papá, podían ver si reía o lloraba?

Todos los habitantes del país habían nacido ahí y creciendo se habían acostumbrado a vivir así. Ni siquiera los grandes ponían alguna pregunta y estaban contentos con lo que conocían. Todo les parecía normal, solamente Acuarel no estaba conforme. ¿Cómo era posible que las manos parecían blancas aunque fueran sucias? ¿Cómo podía ser que la gente durmiera en la calle porque no encontraba a su casa? ¿Y qué decir de los que se quedaban hambrientos por no ver al almuerzo? ¿Y qué hacer cuando había peleas terribles si nadie reconocía a las causas?

Acuarel pero tenía un recuerdo raro. Algo que le sugeriría que no todo era como parecía. Lastimosamente Acuarel no lograba capturar a este recuerdo ni podía explicar de que se trataba, sólo se daba cuenta que cuanto más crecía tanto menos recordaba. Antes de que se volatizara del todo, tenía que hacer algo, como tratar de dibujar a su recuerdo. Agarró una hoja y un lápiz y con mucha delicadeza y paciencia apoyó la punta del lápiz en la hoja. ¿Qué salió? Un punto blanco igual que la hoja. Presionó entonces con más fuerza. Salió otro punto blanco un poco más gordo que pero se confundía con el blanco del cuarto. ¡En este país ni siquiera podía existir un punto! El recuerdo se torcía en su mente sin darle paz y tan fuerte se puso Acuarel a pensar en él que terminó por cerrar los ojos. ¿Pero qué era esto que estaba viendo Acuarel por primera vez? ¡Todo se había vuelto negro!

¡Entonces era verdad! ¡Era verdad que existía algo diferente del blanco! Lleno de entusiasmo por su descubrimiento, Acuarel salió corriendo de la casa y llamó a todos los habitantes del país para contarles lo que acababa de ver por primera vez.

Todos, adultos y niños sin excepción alguna, se olvidaron de lo que estaban haciendo y corrieron lo más rápido que podían a la plaza para escuchar con ojos incrédulos el cuento del pequeño Acuarel. "Tenéis que recordar algo del pasado", les decía Acuarel, "Algo que os haya gustado mucho. ¡Y después tenéis que cerrar los ojos y seguir pensando con fuerza en vuestro recuerdo!" Todos cerraron los ojos y de repente todos se sentían increíblemente felices. ¿Qué había pasado? - ¡Todos juntos con los ojos cerrados habían visto por primera vez como todo se había vuelto negro!

Un señor con una barba larga y blanca y cabello aún más largo y blanco, y que era el hombre más anciano del país, se levantó y dijo: "Acuarel tiene razón. Acuarel nos pidió cerrar los ojos y de esta manera en realidad nos abrió los ojos y nuestros corazones se llenaron de felicidad. ¡Dejad que este país esté gobernado por nuestra felicidad!"

En este mismo momento se levantaron dos hombres que no eran ni jóvenes ni viejos. El primero era completamente calvo y tenía los pies tan planos que parecía un ganso, mientras el segundo tenía unos bigotes enormes y punzantes como un bosque de zarzas. Ambos llevaban el mismo uniforme blanco y como si estuvieran de acuerdo se pusieron a reír juntos. Pero no era una risa alegre, era más bien una carcajada fea y mala como el eco de un cementerio. Tanto se asustó el pequeño Acuarel que tuvo que sentarse en el piso blanco y frío de la plaza. Cuando los hombres terminaron de reír, uno de los dos dijo: "¿Qué pensáis obtener con estas charlas inútiles? ¿Qué pensáis descubrir gracias a este mocoso? ¡Sólo habéis encontrado una excusa para no trabajar! ¿Sabéis lo que sois? ¡Nada más que unos vagos!"

Sin embargo Acuarel no les estaba escuchando. De repente se paró gritando de felicidad y aún con los ojos cerrados empezó a correr y a saltar por todo lado. Era tan feliz que casi lloraba. El recuerdo de Acuarel se había vuelto tan profundo e intenso que un hermosísimo arco iris había roto la oscuridad de aquel primer color negro.

"¿Qué pasa, Acuarel?", quiso saber la gente. "¡No abrís vuestros ojos! ¡Seguís buscando en vuestros recuerdos!", gritó Acuarel que con tantos colores en la cabeza no podía parar de correr y saltar. Un poco a la vez todas las personas, empezando por el niño más chiquito hasta el anciano señor, comenzaron con encontrar la felicidad en los propios corazones hasta que todos pudieron ver a aquel maravilloso arco iris. Todos se quedaron callados e inmóviles, como encantados por semejante belleza, hasta que el anciano señor, que había pasado toda su vida esperando este momento, murmulló con voz temblorosa: "Ahora está bien, ahora sí podemos abrir los ojos."

Una tras otro abrieron los ojos y casi se quedaron sin aliento por el espectáculo mágico que les rodeaba. ¡Que hermoso y diverso era el mundo que ahora resplandecía en una infinidad de colores, y que distintas eran las personas: unas blancas y otras negras, unas tenían ojos como almendras y otras los tenían redondos como pequeñas pelotitas, algunas tenían el cabello oscuro como la noche mientras otras llevaban unos rizos del color de las uvas doradas!

¡Que maravilla era el cielo que en pocos momentos podía cambiar de azul a gris, y las flores que en primavera parecían estallar de colores y los limones amarillos como el sol del mediodía, y también aquellas alfombras marrones y anaranjadas que las hojas tejían en otoño!- ¿Y cómo describir el espectáculo encantador del sol que detrás de las montañas nacía rojo como fuego y del agua cristalina y límpida y de un azul infinito como la felicidad de Acuarel.

Pero cuanto trabajo esperaba a los habitantes de este país que solamente ahora pudieron ver cuantos errores habían cometido. ¡Cuantas peras habían puesto en cambio de las lámparas, y cuantos edificios feos y chuecos habían construido! ¡Y cuantas personas no tenían casa, y cuanta comida había en un lado y cuanta poca que habían dejado al otro lado!

Mientras los dos hombres que no eran ni jóvenes ni viejos se quedaron inmóviles y con su sonrisa mala a mirar al cielo de su mundo todo blanco, todos los demás, desde Acuarel hasta el anciano señor, empezaron de inmediato a trabajar en su nuevo mundo hecho de colores que brillaban bajo los primeros rayos del sol de verano.


Ermanno Felli, e-mail: hermann_8@hotmail.com.

Foto Gallery / Ilustraciónes

Ilustración de Sara Calderisi


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